
No suele ser rara la confesión autorial de que, las historias y personajes, con frecuencia cobran vida propia dentro de sus seseras y, cada vez que bajan la guardia, empieza el agitar de grillos, las idas y venidas por el mundo fabulado, en busca desesperada del vocabulario destinado a mandar y fijar.
Y cuando no las palabras, son la estructura, el orden,el equilibrio, sentido de la proporción...
Lovecraft, en principio, se sintió atormentado por su imaginación.
Nada que objetar a ello por parte mía, que cada cual tenga a su lado los tormentos y tribulaciones que le quepan, solo que, cuando transcribía las historias que le sugerían esas "presencias", parecía que las tuviera al lado de su persona, tal era la parquedad psicológica y existencial con que dotaba a sus protagonistas, esos timoratos provistos de la curiosidad que mató al gato y de la misma integración social de un excluido.
El mundo imaginativo que nos legó, no obstante, ha coloreado buena parte de la literatura de terror e imaginación del siglo pasado y de este. El estilo sugerente y, la extravagancia de lo sugerido, nos transmiten el mismo estado de indefensión preverbal que cuando no encontramos palabras para un susto.
Como las palabritas no llegan, lo que las sustituye es la reacción física adrenalínica y la taquicardia del copón, vamos, la esencia del miedo.
Otras veces, y con otras plumas, no nos da miedo lo leído pero nos puede causar saturación. El kilométrico Tolkien, nos describe geografías, dinastías de elfos, canciones populares, recetas de cocina, historias pasadas, que prácticamente no vienen a cuento si las relacionamos con la acción. Es como llegar al hotel de un país exótico y que te regalen la indumentaria de las fiestas regionales.
Se quiere asegurar con ello, quizá, que ese mundo que a él le llena la vida, no va a desaparecer por una culpable y clamorosa falta de consistencia. El ingrediente ambiental, en esas ocasiones, usurpa ocasionalmente, como en un golpe de estado, el predominio de lo argumental.
Parece que ese mundo, que vive solo en la mente, quisiera asegurarse de que, además, también vivió en la historia, en alguna historia. Es como una especie de rebelión platonista de las ideas, que puede dar al traste con la paciencia y la concentración del lector.
No obstante, sí que hay otros lectores, que sí disfrutan con esas excursiones laterales y complementarias por ese universo virtual, con esa sobredosis de solidez, con esas justificaciones basadas en una historia fantasiosa y retroproyectada, muchas veces con alcance infinito. Para ellos es una afirmación de fe en el universo revelado, que viven y leen pacientemente, con la delectación masoquista de un sumiso para con el Ama.
Es de esta forma como, en las sagas, en las derivaciones laterales y personajes extras, se vuelve necesaria la dilatación infinita del pasado. Personajes que ya no daban más de sí, debido a la conclusión lineal de la acción, de pronto revelan un pasado largo y proceloso como una longaniza, por no hablar de la extensión infinita hacia atrás de la densidad histórica, de la cantidad de cosas que, de pronto, son susceptibles de haber ocurrido.
Para mi gusto, esto es un vicio y revela un déficit narrador, consistente en una incapacidad de crear presente, de generar acción aquí y ahora. No siempre es el caso de Tolkien, seamos justos; al menos en ESDLA se muestra capaz de pisar el acelerador del ritmo y de juntar hilos narrativos, aunque menuda poda de postalitas floridas habría que pegarle, buff...y eso por no hablar de trasfondos maniqueos, pero eso ya daría para otra entrada, je, je...
De todas formas, para quienes abren un libro ( o libraco), la solidez incrementada y voluntarista de Elfos, gnomos y entidades pavorosas, es una contrapartida vivencial a ese trance mental cotidiano, con el que se afronta este mundo de telediarios y madrugones, vecinos ruidosos y aparcamientos escasos así como páginas web con anuncios. Vivimos, muchos de nosotros, bastante tiempo prestado en universos ficticios y, probáblemente, seamos la única especie que lo hace. Larga vida, pues, a las musarañas.
Amén y que Tolkien no sea con vosotros (o sí, depende, je, je)