martes, 5 de enero de 2010

El trabajador esforzado.

El Prefecto. Alastair Reynolds.

Siempre resulta grato ver la entrega esforzada a una labor, el como un profesional de lo que sea llega hasta el fin de su tarea de la manera mas concienzuda posible. En la presente novela, tanto el autor (Reynolds) como el protagonista (el prefecto Tom Dreyfuss) se baten a fondo para ganarse el salario. Desde luego, por intentarlo no quedará.

Reynolds intenta compensar el hecho, irremediable, de no ser Iain Banks. También arrastra la condición de no ser siquiera como Hamilton. Por lo tanto, los personajes van creciendo en complejidad pero de manera sencillita, nada de ganar densidad biográfica ni emotiva. Aquí todo es más fácil y tan solo se van revelando los detalles pertinentes para la acción.

Tampoco el escenario de Yellowstone y su Anillo Brillante son presentados con la alta definición con que los presentaría Hamilton. Por supuesto, eso sí, que forman un decorado amplio, resultón y, ante todo y muy importante, con multitud de rincones donde pueden pasar cosas continuamente, sin que entren en conflicto con los hechos narrados en otras entregas.

En esta ocasión, abandona el despliegue imaginativo de los últimos títulos, sobre todo porque apenas encontramos esbozos de culturas exóticas. Tanto Ultras como Combinados se quedan en apuntes útiles para la historia. Tampoco se alude a las clásicas megaentidades pertenecientes a razas avanzadas o a universos paralelos, no sé si por cierto sabor confuso que terminaron dejándonos tanto El desfiladero de la absolución como El arca de la redención, con ese guirigay más bien vago de supercivilizaciones que no se ven y artefactos que no se entienden.

En El prefecto, por contra, apuesta decidídamente por los buenos trabajadores de la plantilla, por los empleados fieles. La organización llamada Panoplia es la comisaría de Hill Street, la multitud de hábitats espaciales son Esas Calles duras de Ahí Fuera. El prota, Tom Dreyfuss, es el policía tenaz, concienzudo y con una intuición de rayo laser. A la que hace de jefe le han encomendado que sude el papel y a los malos les han dicho que sean odiosos, así como fríos y calculadores hasta la nausea si quieren prima por productividad. Asimismo, los secundarios se han leído el guión y ejecutan bien el estereotipo correspondiente.

Y el autor, un buen empleado, ha decidido llevarnos de sobresalto en sobresalto, para cumplir con su contrato laboral. La inventiva esta vez no llega tan lejos como en otras ocasiones, pero la trama está mejor hilada y resuelta aunque, eso sí, se echan muy de menos las pinceladas siniestras de otras veces. Y es que, independientemente de la maldad y rareza de los adversarios, el universo que nos encontramos ahora es más benigno y con escala humana, así como susceptible de pacificarse y ordenarse.

Debe de haber tenido una revelación a la hora de escribir : si despliego exotismos y maravillas en demasía me acabaré liando y confundiendo al personal. Total, para que invertir en portentos galácticos para luego dejarlos abandonados y sin amortizar. Por lo tanto, señores, vamos a concentrarnos en resolver los quebrantos de la ley y perseguir a los infractores, ya sean de silicio o de ADN. Y lo haremos con la plantilla, recurriendo a cuantas menos subcontratas mejor. Esta es la razón, creo yo, por la que los hipercerdos modificados genéticamente apenas tienen unos cameos.

Y una vez visto de esta manera te resulta liberador, ejem, y relativamente fácil, el disfrutarlo como un pasapáginas correcto, realizado por operarios honestos. Seguro que ya queda menos para que publiquen alguna cosa hecha por Maestros Artesanos...

Un saludete laborioso y cumplidor.





miércoles, 23 de diciembre de 2009

Saltar con los pitufos azules


Avatar. 3d. Como no.

Lo de los pitufos lo mencionaba Peter Watts (creo), en una entrada suya referenciada en Prospectiva, cosa que me ha hecho bastante gracia. Por lo demás, no se puede sino coincidir con otras opiniones en que es una película palomitera, con un esquema tan clásiquete que hasta lo adivinaba un chavalín que tenía sentado al lado.

Resonancias con la literatura fantástica y de cf las hay a punta de pala. Rafa Marín, en su blog, nos encuentra un montón y da que pensar sobre lo poquito que ha trabajado el departamento de guionistas de este film. Mas bien, parecen la sección de cocina, de tanto refrito de ideas ya publicadas, aay, pobrecitos, como se habrán estrujado las meninges...

Aquí, lo novedoso -bueno, no tanto, ejem- es la inversión tecnológica y financiera para crear un mundo psicodélico y de colorido alucinógeno. Los que han currado como termitas han sido los operarios tecnológicos, los magos visuales, los digitalizadores monstruo. Estamos abocados culturalmente al escapismo de élite y de altos vuelos y cada vez demandamos simulaciones más completas, con más píxeles y con mejores texturas.

No hay mayor contraste con el orbe supercromático y casi palpable de la pantalla que girarte un momentito y ver los caretos del público con las gafitas puestas. Tiene este universo ficticio que visionas mas atributos de realidad que esa sala llena de entidades sentadas y en comunión momentánea con un lienzo.

Hay en el planeta Pandora más color, luz, movimiento e inmediatez que en cualquier jornada cotidiana que vivamos durante una semana normal. Por eso pagas por verlo (y por si acaso cayera, por fin, Esa Buena Historia que Ansías, pero bueno...) Si nos fijamos, las jornadas laborales -y a veces hasta las familiares, je, je- son filtradas selectivamente por la atención, solo nos interesa lo que se sale de lo normal, por si hiciera falta intervenir.

En Pandora no. En orgías perceptivas como esta procuras abrir todos los orificios sensoriales que posees, para adaptarte a la inmediatez de ese medioambiente lujurioso, tal y como haría un chamán primitivo colocado de peyote hasta las cejas. Te gustaría saltar con esos primos de zumosol de los pitufitos clásicos que son los navy, de rama en rama y sin arrearte ninguna colleja, en vez de patearte anónimamente las aceras de todos los días.

Pero mencionaba anteriormente al chamán, porque el nos lleva ventaja. Cuando se colocaba de ayahuasca o algún otro vegetal poco cartesiano y por la cuenta que le traía, por lo general procuraba volver con alguna directriz sobre los temas que preocupaban a la tribu. Ni podía ni tenía ocasión de copiar al hechicero de la tribu rival.
No como James Cameron, el director del film. Este nos ha plagiado a tantos creadores anteriores de sueños que hasta da un pelín de verguenza ajena. Eso sí, ponerle pintura al paisaje se le da de cine, nunca mejor dicho.

Un saludo cromático pero sin saltitos.

sábado, 12 de diciembre de 2009

El platillo de mi vida.

Una entrada muy sabrosa del guadianesco y reaparecido Knut me ha recordado lo que significaba el misterio ufológico para mí. Era el colmo, la leche en bote. Cuando adolescente seguí una especie de alerta ovni por la radio y me parecía estar asistiendo a la llegada inminente de las naves de la Cultura, las que molaban, las de Banks. Efectivamente, en esos niveles de mariposeo cultural se movía uno, aiis...

Devorabas ciencia como lector y adorabas la divulgación como seguidor interesado. Y al mismo tiempo no parabas de ponerle velas al diablo, porque mantenías una remota esperanza de que alguna Sección de Contacto alienígena, de vete a saber donde, nos hubiera elegido para amenizarnos la vida. Era toda una demostración de la contradicción inherente a la naturaleza humana.

Y el paso de los años se encargó de demoler cualquier traza de misterio que pudiéramos haber encontrado en esos supuestos artefactos inexplicables. Las huellas físicas resultaron ser espurias y los testigos militares, el colmo de la confiabilidad, no podían ofrecer nada, mas allá de un reporte oral y de la petición de fe en su credibilidad.

Los informes finalmente desclasificados por las autoridades arrojaban tal jarro de agua fría que los escritores y editoriales que vivían del tema contraatacaron con saña, alegando manipulaciones y sacando fallos oficiales, que los había, claro que sí.

Pero eran fallos provocados e inducidos por ciertos apóstoles de la racionalidad escéptica más aburrida, por sus manejos y por sus ganas de aparecer como una especie de asesores espirituales de los militares. Eran manejos que los situaron en posiciones ridículas. Los militares, visto que el tema no constituía amenaza alguna para la seguridad, aparcaron el tema, no sé si con negligencias varias, pudiera ser. Pero eran coladuras de tipo burocrático, cacicadas varias, desprecio por el asunto...

Pero ¿y que? ¿Que prueba esto, salvo la falta de sentido del ridículo de algún que otro cientifista implicado en el tema? Nada. No probaba nada y el "residuo inexplicable" tan traído y llevado, la proporción del cinco por ciento o así de casos raritos, sigue sin aportar la suficiente masa crítica. Miras en la noche los cielos y ves algo extraño y para de contar. Y si es extraño es porque en muchísimas ocasiones resulta imposible precisar y definir lo que ves.

Pero un montón de casos sin explicar, aunque sean lo más opuesto a una categoría factual definida, sí que pueden constituir una especie de reservorio espiritual para provocar sensaciones. Se trata de dejar la miel en los labios, que ya se encargará nuestra psique de quedar debidamente fascinada. En estos últimos años, el despegue de Internet y las nuevas tecnologías relanza la difusión del tema pero ay, cuidadín, porque puede suponerle su golpe de gracia final.

Los supuestas imágenes resultan mas imposibles de creer que nunca por la facilidad actual para falsificarlas, los testimonios ridículos asociados a ellas provocan cada vez más el bochorno en propios y extraños y el tema empieza a adquirir un aura de rechifla unánime . Y hace años que no aparecen casos ni libros "importantes" sobre el tema, tan solo realitys mediáticos sobre bufonadas asociadas, dado que el tema "padre" está caput.

El "fenómeno" ovni ha muerto por incapacidad para alcanzar el orgasmo, por gatillazo definitivo y por ser huidizo hasta la médula, como solo puede serlo una amalgama de peras con tomates unidos por la voluntad de creer.

O por la incapacidad para contradecirlo ¿quien puede probar la inexistencia de algo? Asco de racionalidad. Al próximo escéptico a piñón fijo que me cruce lo archivo en .trash.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Numeratis y otros empollones mercenarios.

Numerati. Stephen Baker.

Como la literatura de género que leo ultimamente se corresponde con títulos ya antiguos, no creo aportar nada original si los reseño. Así pues, os doy la plasta con libros pijo/intelectuales de esos de estar a la última del Copón, de los que ponen en cantidad de estantes y parece que te lo van a revelar todito, todo.

Este es ameno, sí, el Mandamiento Número Uno de la cultura moderna, pero con cierto sensacionalismo entusiasta que le sobra, cachis. Como el autor no es tanto matemático como periodista y bloggero, su fuerte son las entrevistas y no tanto los conceptos, aunque hay que reconocer que se esfuerza en ese sentido.
En fin, por estos lares ya sabíamos que el hombre es un ser social, animal de costumbres y todo eso. Por lo tanto, esos hábitos y pautas los deja por todas partes y ayudan a predecirle, que mira que es descuidado. Y lógicamente, por otros lares (los de siempre) se han tomado el bendito trabajo de matematizar todo ello, o por ese camino van.

Ahora nos encontramos con que, en estos últimos años todos tenemos, además de nuestra eventual mala sombra de siempre, una especie de sombra digital que nos sigue a todas partes. Las páginas porno que visitamos y lo que hacemos en ellas, los reductos frikis interneteros, los pagos de libros, muñecas hinchables, látigos, esposas y cacharritos variados, todo ello con la tarjetita de crédito de la leche. A que bloggeros comentamos y quienes nos comentan (si les apetece hacerlo, claro)

Los operadores telefónicos saben desde donde llamamos y a quien, y el Gran Hermano Rubalcaba con el software SITEL está en condiciones de cruzar todos esos datos y no es el único.

Porque todo este trasiego aporta una cantidad enorme de información y ahora, por primera vez en la historia, en formato digital, en ceros y en unos, tan simplones ellos. Pero suficientes para servir de pasto a redes de ordenadores y programitas cotillas, capaces de reconocer patrones hasta en la sopa. Y salvo cuando las enfocan a la medicina preventiva, en todos los demás campos es posible un uso controvertido e intrusivo de estas aplicaciones, neutrales como tales y susceptibles de trabajar con datos de toda procedencia.

Se trata de averiguar lo que nos gusta para metérnoslo hasta en la sopa y sacarnos todos los cuartos. De optimizar las cadenas de trabajo a base de monitorizar la conducta de los curritos, su uso del ordenata, sus retratos en multitud de cámaras y registros, etc, para "reajustar" plantillas para mayor gloria de los accionistas. Con quien te comunicas más en el trabajo y quien, por tanto, podría secundarte en posibles deslealtades.

No es que estas matemáticas sean omnipotentes. Los propios científicos que trabajan en esto se lo matizan frecuentemente al autor, frenándole su entusiasmo snob de Juanito con Juguete Nuevo y sus proyecciones mágicas sobre la ciencia estadística. Ya le dicen que si basura que entra, basura que sale. Que muchas veces, las correlaciones estadísticas son espurias y basadas en relaciones de causalidad falsas o bien, le recuerdan el chiste del borracho que buscaba las llaves bajo una farola encendida aunque no estuvieran en ese sitio, simplemente porque "allí había más luz". Y también, que la tremenda variabilidad e impredecibilidad del ser humano es algo que les frustra y les desconcierta, ay, así se lo confiesan estos angelitos platónicos.

Pero, a pesar de ello, traslucen un entusiasmo tremendo (e inquietante también) por toda esa nueva aura digital que nos rodea y por la forma de cribarla y ordenarla. Un simple dato: si en una página web tan solo introdujeras el género, la fecha de nacimiento y el código postal, en el 83% de los casos ya podrían identificarte con el censo en la mano. A mentir, pues, como bellacos.
Uno de estos empollones, por cierto, creó un programa policial sumamente penetrante y luego, apesadumbrado por la posible intimidad amenazada, desarrolló otro software complementario que enmascararía las identidades concretas sin entorpecer las búsquedas. Lástima que este segundo programita disculpatorio posíblemente no lo aplique casi nadie.

En fin, un saludo monitorizado a todos los avatares que me leéis, jeje.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Cuando Lucifer se explica

El efecto Lucifer. Philip G. Zimbardo.

Esta reseña va sobre un libro cínico, mucho, como pocos de los que había leido ultimamente. La desfachatez moral nos la sirve en bandeja un psicólogo de cierto renombre (al menos en su area) que no tiene reparos en mostrar el sadismo investigador y la frialdad que algunos estudiosos de las ciencias sociales procuran disimular todo lo que pueden.

No contituirá una revolución en Psicología ni su autor destaca por ser el primero en plantear el tema inquietante de la banalidad del Mal, de lo fácil que resulta el que cualquiera nos convirtamos en un repugnante bicho amoral y/o un timorato seguidor del rebaño, que esto es una cosa que ya todos intuíamos poco mas o menos. Símplemente es que, en los psicodélicos y contestatarios años 70, este tipo resultó ser el pedazo de sinverguenza que puso en marcha el llamado Experimento de la prisión de Stanford (EPS, más cortito). Por lo tanto, el libro está escrito por el padre de la criatura (y en su web, como veis, este pánfilo con barbita habla ahora de los "heroes". En fin, aprovecharse de un error pasado para hacerte guru...).

Si no os da pereza, lo podeis googlear y ya vereis como resultó ser una de las simulaciones clásicas en materia de psicología social. Cogen y reclutan a base de promesas monetarias a un grupo de pringa.., digoo, a unos estudiantes, a los que previamente habían aplicado toda una serie de test clásicos (el multifásico de Minnesota y otras hierbas). Y sí, por supuesto, que todo quisqui los superó y ninguno de ellos mostraba tendencias psicopáticas ni problemas de personalidad relevantes. Todos aparentaban ser los típicos niños zampabollos de todas las épocas.

Pero esta normalidad no resultó poseer depués la más mínima relevancia. Porque en una de las instalaciones de la Universidad californiana de Stanford se simuló, ay, mami, una prisión. Nada menos. Y a lo que parece les salió la madre (original) de todos los Grandes Hermanos televisivos, así como el cimiento teórico y Libro Blanco de los Guantánamos y Abu-Graibs que vinieron después. Mal que le pese a su mas tarde acongojado inventor, sus "hallazgos" se incorporaron a más de un manual de interrogatorios, detalle que reconoce llevado por la inevitable vanidad humana.

Pues bien, tal y como ahora los físicos colisionan moléculas en los aceleradores, los psicólogos sociales hacían y hacen lo propio con personas, lógicamente, para ver como les cambia el careto y la conducta cuando se les pincha.
Y para ello, en el EPS se acondicionaron unos locales, se habilitaron celdas con cerradura, se instalaron cámaras y grabadoras por todas partes y se repartieron por sorteo los roles de carcelero y presidiario. Se constituyó hasta una supuesta junta de evaluación de libertad condicional (dos alumnos empollones del autor) y el papel de alcaide de la "prisión" quedó reservado, como no, para el propio doctor Zimbardo, catedrático de Psicología, que logró una subvención de la ONR (Oficina de investigación naval) para sus gastos, detalle escalofriante y revelador.

Con los apropiados trajes humillantes para los "presos" y algo parecido a los uniformes de celador de prisión para los "guardianes" dieron comienzo, durante quince días teóricos, una serie de despropósitos en progresión geométrica. El "alcaide" se lavaba aséptica y científicamente las manos y los "guardias" se fueron volviendo cada vez más sádicos, llegando a humillar a los "presos" con una creatividad escalofriante.

Uno de los encerrados tuvo que ser sacado a los pocos días con una crisis de ansiedad, los demás se transformaron en borreguitos dóciles y Zimbardo se abstenía de intervenir en nombre de la objetividad de la ciencia. Admite que, llegado un momento, el mismo se sentía más alcaide que psicólogo, hechizo que confiesa que rompió su propia novia cuando, al enterarse del experimento, le dijo que estaba loco y consiguió que lo parara nueve días antes de lo previsto.

En el libro se describe el día a día, con desapasionamiento y crudeza. No sé porqué, pero a estas alturas de embrutecimiento el leer tales abusos experimentales aún consiguió que deseara agarrar al psicólogo este por el pescuezo y retorcérselo. Logra demostrar que los factores situacionales superan casi siempre a los disposicionales propios de cada uno, su teoría querida, con el Sistema como malvado principal.
Lo logra explicando después, con un análisis de alta calidad, lo que pasó posteriormente en otros experimentos, así como en Abu-Graib, aquella cárcel irakí donde amontonaban a los presos desnudos y los fotografiaban para colgarlo todo en Internet.

Pero lo que no consigue es lavar su cara. Por más que se presente como un activista e intelectual antivietnam de aquellos años -¿y como entonces consiguió una subvención militar?- y por más que luego se vuelque en el último tramo del libro en la autoayuda y en el buenismo facilón.
Ya puedes haber escrito, doctor Zimbardo, un brillante mea culpa; ya puedes acertar en lo de que hay que conocer científicamente a fondo para después prevenir . Es posible que así sea, pero si por mí fuera, tus próximos experimentos los ilustrarías a base de ponerle electrodos a tu santa madre.

Bueno, un abrazo. Disposicional, eso desde luego.

lunes, 19 de octubre de 2009

Hipatia y la tacañería.

La ultima noche de Hipatia. Eduardo Vaquerizo.

Obviamente, a quien le guste la cf también le puede gustar la historia, a ver porque no. Y si te gusta la historia y además la cf, los viajes en el tiempo son el maridaje perfecto para especular y disfrutar . Nada tan excitante como mezclar la mutua extrañeza que dos épocas muy diferentes, encarnadas respectívamente por los cronoviajeros y los huéspedes coetáneos, se pueden provocar entre ellas.

Encima, resulta muy lógico identificarte con el viajero, con el que salta, con el que se infiltra. Todos llevamos dentro -se dice así ¿no?- un explorador frustrado que se quedó en simple turista de agencia (algo es algo) y babea ante lo exótico. Y todos llevamos también, ay, al hortera que le gusta presumir, ya sea de cacharritos, de tecnología, de conocimientos, de actitudes “modernas”, etc, ante los visitados. Suena fatal decirlo, pero así es y todo escritor solvente en este campo lo olfatea y procura plasmarlo lo mejor que puede.

En esta novela, publicada aprovechándose legítimamente del tirón y la publi de la peli de Amenabar, todas estas buenas intenciones se palpan pero se quedan en poco. Hay mucho de ese buen turista que hace bien los deberes y que se aprende todas las explicaciones del guía. Vaquerizo te regala con hermosas postales de aquella Alejandría, con su correspondiente inundación sensorial y todo eso. El nivel de información histórica, recurriendo a “cartas” de algunos personajes, es bastante bueno, aunque no libra a estos de cierta planitud, cosa que ya podías prever y perdonar.

Y perdonas porque esperas y esperas lo que acaba por no darte, limitándose a los esbozos. Porque de Hipatia se podía haber sacado muchísima mas tajada. Mucha más que con la interpretación correctilla y sosita de la peli facilona de Amenabar, ya que una novela da para muchos más matices. Esta filósofa es todo un filón, por ser una enciclopedia con patas comparada con sus contemporáneos y -mentiríamos como bellacos si no lo admitimos- porque tenía fama de estar mas buena que un queso. Ale, ya está dicho. Provocaba, pues, a la razón y al instinto, a este último probablemente sin querer, lo que a la postre termina resultando aún mas irresistible.

Erótica en sentido amplio, listilla y de temperamento dominante, con aires de inalcanzable ¿acaso alguien cree que lo del neoplatonismo por sí solo tiene algún morbo, jejej?
Y casi que la novela quisiera ir por ahí. Pero es imposible. Se le cuela un protagonista meditabundo y con fobia social, que obliga al narrador a embarcarse en interminables monólogos fatalistas. Desperdicia páginas preciosas, que podía haber empleado para establecer una tensión dialéctica cojonuda entre dos eruditas de tiempos distantes, llenas de pasión fría y erotismo y tal. Sí, algo de eso intenta, pero se queda prácticamente en dos o tres diálogos cortiitos, cortitos, en revolcones sublimados y asépticos, ay, Cronos/Vaquerizo, que cicatero eres.


Ah, se me olvidaba, hay un apéndice final que no pega ni con cola, resultando más anticlimático que irte a currar después de hacer el amor. No basta -en mi opinión , claro- con escribir y redactar bien. Digo yo que lo que se escriba también habrá de ser pertinente ¿no?

lunes, 24 de agosto de 2009

El desierto estival

A la que caigo en cuenta llevo casi dos meses sin actualizar ni contar nada importante, lo cual no es que tenga nada de particular, ya que la importancia de lo que contaba antes era bastante relativa, je, je, por enunciarlo de forma amable. En esta entrada voy a dejar constancia de la apariencia del panorama bloguero, cercanito y doméstico, a fecha actual.

No sé que narices os ha pasado, en primer lugar, a la mayoría de los que os tengo como enlaces en la lista de la izquierda. Hay honrosas excepciones, tales como Instan , Nacho y también Yarhel. Pero las tales lo han sido más bien parcas y breves. Para esta parquedad valdrían las consabidas explicaciones del parón veraniego, lo de la ralentización estival de las neuronas, las escapadas vacacionales a lugares con conexión deficiente, etc...

Esto último, pej, ya no es excusa: sabido es de sobra que las ofertas de Internet móvil a través de módem USB que tenemos en España son de las más baratas y eficientes del Tercer Mundo...

Otras ausencias, como la de Errantus, también son bastante lógicas. Imagino que tendrá tal trabajo con su nueva criaturita que no dará para más. Un abrazo y mis mejores deseos para el bebito.

Luego están las desapariciones más bruscas y dramáticas, como Knut, que parece que en sus últimas confesiones casi hiciera algún tipo de despedida. No voy a entrar en circunstancias personales, desde luego. De hacerlo sería, símplemente para desear que las coyunturas de vuestra vida personal no sean las responsables de la planitud del panorama, en el que por supuesto me incluyo.

Cuantas veces lamentas, hay que ver, no estar físicamente delante de alguien, para compensar la ausencia de reseñitas literarias tan solo con eso, con cercanía y conversación, con el aprecio humano que te acaba inspirando ¿inexplicablemente? alguien a quien, a pesar de no conocer físicamente, lees desde hace años. Pero este lamento es algo de lo que no puedes escapar y no tiene nada de nuevo, la geografía es una tirana cabrona y cruel.

El problema principal, en estos lugares particulares nuestros donde se habla de literatura, cultureta y demás, es que no siempre nos acompañan las fuerzas. No siempre acude presta la inspiración y no resulta fácil comportarse de continuo como un Perfecto Procesador de Datos. Leo con envidia, muchas veces, el blog Insensatos de Marguis, por poner un ejemplo y me pregunto cuanta memoria Ram tendrá en el cerebro, como logra tener esa continua curiosidad y voracidad por seguir las creaciones de casi todo.

Si fuera cierto que estamos en la era del manejo de información (mentira y gorda, sin dinero la infor no vale un pimiento y viceversa) el ameno caso que representa ella no cabe duda de que representa una magnífica adaptación evolutiva. Igualmente lo es la que "encarna" el camarada cibernético Besa, tan culterano e irónico el, que vitalidad tiene en su travestida personalidad de silicio, je, je...

Espero que no perdamos ninguno la curiosidad intelectual, las ganas de seguir aportando aunque tan solo sean chorradas y que la hierba no crezca en el camino, que leeros poquito es muy fastidioso, a ver si os enteráis. Yo, por haber escrito esta última orden evangelizante, voy a flagelarme un poquillo. Voy a lanzarme a por la puta Pila de cabeza, que llevo casi un mes leyendo solo etiquetas de rutas y carreteras.

Un saludo añorante.