sábado, 12 de diciembre de 2009

El platillo de mi vida.

Una entrada muy sabrosa del guadianesco y reaparecido Knut me ha recordado lo que significaba el misterio ufológico para mí. Era el colmo, la leche en bote. Cuando adolescente seguí una especie de alerta ovni por la radio y me parecía estar asistiendo a la llegada inminente de las naves de la Cultura, las que molaban, las de Banks. Efectivamente, en esos niveles de mariposeo cultural se movía uno, aiis...

Devorabas ciencia como lector y adorabas la divulgación como seguidor interesado. Y al mismo tiempo no parabas de ponerle velas al diablo, porque mantenías una remota esperanza de que alguna Sección de Contacto alienígena, de vete a saber donde, nos hubiera elegido para amenizarnos la vida. Era toda una demostración de la contradicción inherente a la naturaleza humana.

Y el paso de los años se encargó de demoler cualquier traza de misterio que pudiéramos haber encontrado en esos supuestos artefactos inexplicables. Las huellas físicas resultaron ser espurias y los testigos militares, el colmo de la confiabilidad, no podían ofrecer nada, mas allá de un reporte oral y de la petición de fe en su credibilidad.

Los informes finalmente desclasificados por las autoridades arrojaban tal jarro de agua fría que los escritores y editoriales que vivían del tema contraatacaron con saña, alegando manipulaciones y sacando fallos oficiales, que los había, claro que sí.

Pero eran fallos provocados e inducidos por ciertos apóstoles de la racionalidad escéptica más aburrida, por sus manejos y por sus ganas de aparecer como una especie de asesores espirituales de los militares. Eran manejos que los situaron en posiciones ridículas. Los militares, visto que el tema no constituía amenaza alguna para la seguridad, aparcaron el tema, no sé si con negligencias varias, pudiera ser. Pero eran coladuras de tipo burocrático, cacicadas varias, desprecio por el asunto...

Pero ¿y que? ¿Que prueba esto, salvo la falta de sentido del ridículo de algún que otro cientifista implicado en el tema? Nada. No probaba nada y el "residuo inexplicable" tan traído y llevado, la proporción del cinco por ciento o así de casos raritos, sigue sin aportar la suficiente masa crítica. Miras en la noche los cielos y ves algo extraño y para de contar. Y si es extraño es porque en muchísimas ocasiones resulta imposible precisar y definir lo que ves.

Pero un montón de casos sin explicar, aunque sean lo más opuesto a una categoría factual definida, sí que pueden constituir una especie de reservorio espiritual para provocar sensaciones. Se trata de dejar la miel en los labios, que ya se encargará nuestra psique de quedar debidamente fascinada. En estos últimos años, el despegue de Internet y las nuevas tecnologías relanza la difusión del tema pero ay, cuidadín, porque puede suponerle su golpe de gracia final.

Los supuestas imágenes resultan mas imposibles de creer que nunca por la facilidad actual para falsificarlas, los testimonios ridículos asociados a ellas provocan cada vez más el bochorno en propios y extraños y el tema empieza a adquirir un aura de rechifla unánime . Y hace años que no aparecen casos ni libros "importantes" sobre el tema, tan solo realitys mediáticos sobre bufonadas asociadas, dado que el tema "padre" está caput.

El "fenómeno" ovni ha muerto por incapacidad para alcanzar el orgasmo, por gatillazo definitivo y por ser huidizo hasta la médula, como solo puede serlo una amalgama de peras con tomates unidos por la voluntad de creer.

O por la incapacidad para contradecirlo ¿quien puede probar la inexistencia de algo? Asco de racionalidad. Al próximo escéptico a piñón fijo que me cruce lo archivo en .trash.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Numeratis y otros empollones mercenarios.

Numerati. Stephen Baker.

Como la literatura de género que leo ultimamente se corresponde con títulos ya antiguos, no creo aportar nada original si los reseño. Así pues, os doy la plasta con libros pijo/intelectuales de esos de estar a la última del Copón, de los que ponen en cantidad de estantes y parece que te lo van a revelar todito, todo.

Este es ameno, sí, el Mandamiento Número Uno de la cultura moderna, pero con cierto sensacionalismo entusiasta que le sobra, cachis. Como el autor no es tanto matemático como periodista y bloggero, su fuerte son las entrevistas y no tanto los conceptos, aunque hay que reconocer que se esfuerza en ese sentido.
En fin, por estos lares ya sabíamos que el hombre es un ser social, animal de costumbres y todo eso. Por lo tanto, esos hábitos y pautas los deja por todas partes y ayudan a predecirle, que mira que es descuidado. Y lógicamente, por otros lares (los de siempre) se han tomado el bendito trabajo de matematizar todo ello, o por ese camino van.

Ahora nos encontramos con que, en estos últimos años todos tenemos, además de nuestra eventual mala sombra de siempre, una especie de sombra digital que nos sigue a todas partes. Las páginas porno que visitamos y lo que hacemos en ellas, los reductos frikis interneteros, los pagos de libros, muñecas hinchables, látigos, esposas y cacharritos variados, todo ello con la tarjetita de crédito de la leche. A que bloggeros comentamos y quienes nos comentan (si les apetece hacerlo, claro)

Los operadores telefónicos saben desde donde llamamos y a quien, y el Gran Hermano Rubalcaba con el software SITEL está en condiciones de cruzar todos esos datos y no es el único.

Porque todo este trasiego aporta una cantidad enorme de información y ahora, por primera vez en la historia, en formato digital, en ceros y en unos, tan simplones ellos. Pero suficientes para servir de pasto a redes de ordenadores y programitas cotillas, capaces de reconocer patrones hasta en la sopa. Y salvo cuando las enfocan a la medicina preventiva, en todos los demás campos es posible un uso controvertido e intrusivo de estas aplicaciones, neutrales como tales y susceptibles de trabajar con datos de toda procedencia.

Se trata de averiguar lo que nos gusta para metérnoslo hasta en la sopa y sacarnos todos los cuartos. De optimizar las cadenas de trabajo a base de monitorizar la conducta de los curritos, su uso del ordenata, sus retratos en multitud de cámaras y registros, etc, para "reajustar" plantillas para mayor gloria de los accionistas. Con quien te comunicas más en el trabajo y quien, por tanto, podría secundarte en posibles deslealtades.

No es que estas matemáticas sean omnipotentes. Los propios científicos que trabajan en esto se lo matizan frecuentemente al autor, frenándole su entusiasmo snob de Juanito con Juguete Nuevo y sus proyecciones mágicas sobre la ciencia estadística. Ya le dicen que si basura que entra, basura que sale. Que muchas veces, las correlaciones estadísticas son espurias y basadas en relaciones de causalidad falsas o bien, le recuerdan el chiste del borracho que buscaba las llaves bajo una farola encendida aunque no estuvieran en ese sitio, simplemente porque "allí había más luz". Y también, que la tremenda variabilidad e impredecibilidad del ser humano es algo que les frustra y les desconcierta, ay, así se lo confiesan estos angelitos platónicos.

Pero, a pesar de ello, traslucen un entusiasmo tremendo (e inquietante también) por toda esa nueva aura digital que nos rodea y por la forma de cribarla y ordenarla. Un simple dato: si en una página web tan solo introdujeras el género, la fecha de nacimiento y el código postal, en el 83% de los casos ya podrían identificarte con el censo en la mano. A mentir, pues, como bellacos.
Uno de estos empollones, por cierto, creó un programa policial sumamente penetrante y luego, apesadumbrado por la posible intimidad amenazada, desarrolló otro software complementario que enmascararía las identidades concretas sin entorpecer las búsquedas. Lástima que este segundo programita disculpatorio posíblemente no lo aplique casi nadie.

En fin, un saludo monitorizado a todos los avatares que me leéis, jeje.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Cuando Lucifer se explica

El efecto Lucifer. Philip G. Zimbardo.

Esta reseña va sobre un libro cínico, mucho, como pocos de los que había leido ultimamente. La desfachatez moral nos la sirve en bandeja un psicólogo de cierto renombre (al menos en su area) que no tiene reparos en mostrar el sadismo investigador y la frialdad que algunos estudiosos de las ciencias sociales procuran disimular todo lo que pueden.

No contituirá una revolución en Psicología ni su autor destaca por ser el primero en plantear el tema inquietante de la banalidad del Mal, de lo fácil que resulta el que cualquiera nos convirtamos en un repugnante bicho amoral y/o un timorato seguidor del rebaño, que esto es una cosa que ya todos intuíamos poco mas o menos. Símplemente es que, en los psicodélicos y contestatarios años 70, este tipo resultó ser el pedazo de sinverguenza que puso en marcha el llamado Experimento de la prisión de Stanford (EPS, más cortito). Por lo tanto, el libro está escrito por el padre de la criatura (y en su web, como veis, este pánfilo con barbita habla ahora de los "heroes". En fin, aprovecharse de un error pasado para hacerte guru...).

Si no os da pereza, lo podeis googlear y ya vereis como resultó ser una de las simulaciones clásicas en materia de psicología social. Cogen y reclutan a base de promesas monetarias a un grupo de pringa.., digoo, a unos estudiantes, a los que previamente habían aplicado toda una serie de test clásicos (el multifásico de Minnesota y otras hierbas). Y sí, por supuesto, que todo quisqui los superó y ninguno de ellos mostraba tendencias psicopáticas ni problemas de personalidad relevantes. Todos aparentaban ser los típicos niños zampabollos de todas las épocas.

Pero esta normalidad no resultó poseer depués la más mínima relevancia. Porque en una de las instalaciones de la Universidad californiana de Stanford se simuló, ay, mami, una prisión. Nada menos. Y a lo que parece les salió la madre (original) de todos los Grandes Hermanos televisivos, así como el cimiento teórico y Libro Blanco de los Guantánamos y Abu-Graibs que vinieron después. Mal que le pese a su mas tarde acongojado inventor, sus "hallazgos" se incorporaron a más de un manual de interrogatorios, detalle que reconoce llevado por la inevitable vanidad humana.

Pues bien, tal y como ahora los físicos colisionan moléculas en los aceleradores, los psicólogos sociales hacían y hacen lo propio con personas, lógicamente, para ver como les cambia el careto y la conducta cuando se les pincha.
Y para ello, en el EPS se acondicionaron unos locales, se habilitaron celdas con cerradura, se instalaron cámaras y grabadoras por todas partes y se repartieron por sorteo los roles de carcelero y presidiario. Se constituyó hasta una supuesta junta de evaluación de libertad condicional (dos alumnos empollones del autor) y el papel de alcaide de la "prisión" quedó reservado, como no, para el propio doctor Zimbardo, catedrático de Psicología, que logró una subvención de la ONR (Oficina de investigación naval) para sus gastos, detalle escalofriante y revelador.

Con los apropiados trajes humillantes para los "presos" y algo parecido a los uniformes de celador de prisión para los "guardianes" dieron comienzo, durante quince días teóricos, una serie de despropósitos en progresión geométrica. El "alcaide" se lavaba aséptica y científicamente las manos y los "guardias" se fueron volviendo cada vez más sádicos, llegando a humillar a los "presos" con una creatividad escalofriante.

Uno de los encerrados tuvo que ser sacado a los pocos días con una crisis de ansiedad, los demás se transformaron en borreguitos dóciles y Zimbardo se abstenía de intervenir en nombre de la objetividad de la ciencia. Admite que, llegado un momento, el mismo se sentía más alcaide que psicólogo, hechizo que confiesa que rompió su propia novia cuando, al enterarse del experimento, le dijo que estaba loco y consiguió que lo parara nueve días antes de lo previsto.

En el libro se describe el día a día, con desapasionamiento y crudeza. No sé porqué, pero a estas alturas de embrutecimiento el leer tales abusos experimentales aún consiguió que deseara agarrar al psicólogo este por el pescuezo y retorcérselo. Logra demostrar que los factores situacionales superan casi siempre a los disposicionales propios de cada uno, su teoría querida, con el Sistema como malvado principal.
Lo logra explicando después, con un análisis de alta calidad, lo que pasó posteriormente en otros experimentos, así como en Abu-Graib, aquella cárcel irakí donde amontonaban a los presos desnudos y los fotografiaban para colgarlo todo en Internet.

Pero lo que no consigue es lavar su cara. Por más que se presente como un activista e intelectual antivietnam de aquellos años -¿y como entonces consiguió una subvención militar?- y por más que luego se vuelque en el último tramo del libro en la autoayuda y en el buenismo facilón.
Ya puedes haber escrito, doctor Zimbardo, un brillante mea culpa; ya puedes acertar en lo de que hay que conocer científicamente a fondo para después prevenir . Es posible que así sea, pero si por mí fuera, tus próximos experimentos los ilustrarías a base de ponerle electrodos a tu santa madre.

Bueno, un abrazo. Disposicional, eso desde luego.

lunes, 19 de octubre de 2009

Hipatia y la tacañería.

La ultima noche de Hipatia. Eduardo Vaquerizo.

Obviamente, a quien le guste la cf también le puede gustar la historia, a ver porque no. Y si te gusta la historia y además la cf, los viajes en el tiempo son el maridaje perfecto para especular y disfrutar . Nada tan excitante como mezclar la mutua extrañeza que dos épocas muy diferentes, encarnadas respectívamente por los cronoviajeros y los huéspedes coetáneos, se pueden provocar entre ellas.

Encima, resulta muy lógico identificarte con el viajero, con el que salta, con el que se infiltra. Todos llevamos dentro -se dice así ¿no?- un explorador frustrado que se quedó en simple turista de agencia (algo es algo) y babea ante lo exótico. Y todos llevamos también, ay, al hortera que le gusta presumir, ya sea de cacharritos, de tecnología, de conocimientos, de actitudes “modernas”, etc, ante los visitados. Suena fatal decirlo, pero así es y todo escritor solvente en este campo lo olfatea y procura plasmarlo lo mejor que puede.

En esta novela, publicada aprovechándose legítimamente del tirón y la publi de la peli de Amenabar, todas estas buenas intenciones se palpan pero se quedan en poco. Hay mucho de ese buen turista que hace bien los deberes y que se aprende todas las explicaciones del guía. Vaquerizo te regala con hermosas postales de aquella Alejandría, con su correspondiente inundación sensorial y todo eso. El nivel de información histórica, recurriendo a “cartas” de algunos personajes, es bastante bueno, aunque no libra a estos de cierta planitud, cosa que ya podías prever y perdonar.

Y perdonas porque esperas y esperas lo que acaba por no darte, limitándose a los esbozos. Porque de Hipatia se podía haber sacado muchísima mas tajada. Mucha más que con la interpretación correctilla y sosita de la peli facilona de Amenabar, ya que una novela da para muchos más matices. Esta filósofa es todo un filón, por ser una enciclopedia con patas comparada con sus contemporáneos y -mentiríamos como bellacos si no lo admitimos- porque tenía fama de estar mas buena que un queso. Ale, ya está dicho. Provocaba, pues, a la razón y al instinto, a este último probablemente sin querer, lo que a la postre termina resultando aún mas irresistible.

Erótica en sentido amplio, listilla y de temperamento dominante, con aires de inalcanzable ¿acaso alguien cree que lo del neoplatonismo por sí solo tiene algún morbo, jejej?
Y casi que la novela quisiera ir por ahí. Pero es imposible. Se le cuela un protagonista meditabundo y con fobia social, que obliga al narrador a embarcarse en interminables monólogos fatalistas. Desperdicia páginas preciosas, que podía haber empleado para establecer una tensión dialéctica cojonuda entre dos eruditas de tiempos distantes, llenas de pasión fría y erotismo y tal. Sí, algo de eso intenta, pero se queda prácticamente en dos o tres diálogos cortiitos, cortitos, en revolcones sublimados y asépticos, ay, Cronos/Vaquerizo, que cicatero eres.


Ah, se me olvidaba, hay un apéndice final que no pega ni con cola, resultando más anticlimático que irte a currar después de hacer el amor. No basta -en mi opinión , claro- con escribir y redactar bien. Digo yo que lo que se escriba también habrá de ser pertinente ¿no?

lunes, 24 de agosto de 2009

El desierto estival

A la que caigo en cuenta llevo casi dos meses sin actualizar ni contar nada importante, lo cual no es que tenga nada de particular, ya que la importancia de lo que contaba antes era bastante relativa, je, je, por enunciarlo de forma amable. En esta entrada voy a dejar constancia de la apariencia del panorama bloguero, cercanito y doméstico, a fecha actual.

No sé que narices os ha pasado, en primer lugar, a la mayoría de los que os tengo como enlaces en la lista de la izquierda. Hay honrosas excepciones, tales como Instan , Nacho y también Yarhel. Pero las tales lo han sido más bien parcas y breves. Para esta parquedad valdrían las consabidas explicaciones del parón veraniego, lo de la ralentización estival de las neuronas, las escapadas vacacionales a lugares con conexión deficiente, etc...

Esto último, pej, ya no es excusa: sabido es de sobra que las ofertas de Internet móvil a través de módem USB que tenemos en España son de las más baratas y eficientes del Tercer Mundo...

Otras ausencias, como la de Errantus, también son bastante lógicas. Imagino que tendrá tal trabajo con su nueva criaturita que no dará para más. Un abrazo y mis mejores deseos para el bebito.

Luego están las desapariciones más bruscas y dramáticas, como Knut, que parece que en sus últimas confesiones casi hiciera algún tipo de despedida. No voy a entrar en circunstancias personales, desde luego. De hacerlo sería, símplemente para desear que las coyunturas de vuestra vida personal no sean las responsables de la planitud del panorama, en el que por supuesto me incluyo.

Cuantas veces lamentas, hay que ver, no estar físicamente delante de alguien, para compensar la ausencia de reseñitas literarias tan solo con eso, con cercanía y conversación, con el aprecio humano que te acaba inspirando ¿inexplicablemente? alguien a quien, a pesar de no conocer físicamente, lees desde hace años. Pero este lamento es algo de lo que no puedes escapar y no tiene nada de nuevo, la geografía es una tirana cabrona y cruel.

El problema principal, en estos lugares particulares nuestros donde se habla de literatura, cultureta y demás, es que no siempre nos acompañan las fuerzas. No siempre acude presta la inspiración y no resulta fácil comportarse de continuo como un Perfecto Procesador de Datos. Leo con envidia, muchas veces, el blog Insensatos de Marguis, por poner un ejemplo y me pregunto cuanta memoria Ram tendrá en el cerebro, como logra tener esa continua curiosidad y voracidad por seguir las creaciones de casi todo.

Si fuera cierto que estamos en la era del manejo de información (mentira y gorda, sin dinero la infor no vale un pimiento y viceversa) el ameno caso que representa ella no cabe duda de que representa una magnífica adaptación evolutiva. Igualmente lo es la que "encarna" el camarada cibernético Besa, tan culterano e irónico el, que vitalidad tiene en su travestida personalidad de silicio, je, je...

Espero que no perdamos ninguno la curiosidad intelectual, las ganas de seguir aportando aunque tan solo sean chorradas y que la hierba no crezca en el camino, que leeros poquito es muy fastidioso, a ver si os enteráis. Yo, por haber escrito esta última orden evangelizante, voy a flagelarme un poquillo. Voy a lanzarme a por la puta Pila de cabeza, que llevo casi un mes leyendo solo etiquetas de rutas y carreteras.

Un saludo añorante.




lunes, 6 de julio de 2009

De Vellum, Tintas y otros cambiazos rápidos.

Tinta. Hal Duncan.
Cierta entrada del virtualmente desaparecido compañero Knut -por intoxicación de gazpacho y gambitas, creo- me llevó a comprarme los dos megatochos ( sobre todo el segundo) arriba citados
para, básicamente, coincidir en unas cosas, matizar otras y añadir algunas cuantas. A ver con que, sino, mareas la perdiz.

Pues resulta que este universo, el Vellum, es maternal y paternal, nos contiene y amamanta a todos y está lleno de pliegues dimensionales que poseen la misma consistencia ontológica y física de los sueños. Y como se puede suponer, en muchos de esos "pliegues", tomémoslos así, existen variadas copias nuestras y todo eso que se espera de las fantasías multidimensionales y paralelas.

Pero a Hal Duncan, las "copias" que le interesan son las de siete personajes muy particulares, empeñados en combatir a Angeles y demonios. Así los llama, pero ni los unos son buenos ni los otros son malos. Eso sí, si que hay un villano a defenestrar y este es el determinismo del dichoso Libro de las Horas. Si estás apuntado allí -y todo quisqui lo está- la partida de tu vida ya está jugada para siempre.

Y ha realizado una pirueta forzada con la estructura de la historia y la forma de narrar, curiosa y atractiva, pero que muchas veces ejerce en el lector -al menos en mi Lector Subjetivo, je, je- un efecto letárgico cuando no letal. Cada cosita que les sucede a los personajes ha de pagar peaje. Ha de sucederles también en todos y cada uno de los plieguecitos de esa "realidad", algunos de ellos de un alegórico subido, lo cual te satura las meninges que no veas. En el segundo volumen, pej, hay una representación teatral infumable, la tortura de uno de los personajes nos la hacen en realidad a nosotros, porque se repite de mil maneras en mil mundos, en fin...

Y la cosa es que derrocha un chorro de imaginación, tiene una verborrea fluida y resultona y bastantes pasajes memorables. Habla de almas, reencarnaciones, chakras, energía orgónica y otras hierbas esoteristas pero de manera irónica y divertida, siempre con el aire de quien se ríe de todo ello y se la trae al pairo cualquier tipo de consistencia. Te proporciona una inmejorable oportunidad para entrenar la mente, ya que te pasas todo el rato ensamblando puzzles. Inyecta culturilla histórica en todo momento como quien lava.

Pero es un pelín abusón. Abusa del lugar común y baul de sastre en que se está convirtiendo la nanotecnología, depositaria del poder que antes se atribuía a los dioses, los genios, el Eter mágico, etc. Abusa de la licencia literaria de usar un universo tan sumamente plástico que casi todo puede pasar y, no obstante, a veces consigue que durante trozos enteros no pase de nada. Un drama no es más épico ni más intenso porque lo repitas y marees miles de veces. Y cuando consigue que en alguna línea argumental lo estés pasando bien -sí, cuando quiere lo consigue- entonces de pronto, tachan, viene el corte, nos vamos a publicidad y ahí te comas con patatas el coitus interruptus, en este caso orgónico, reichiano y todo eso.

Un saludete plegado y liado.

martes, 9 de junio de 2009

Los hombres que no amaban a las mujeres


¿Y porqué demonios la hacker que ayuda al investigador tenía que tener estética punk? Ese movimiento setentero eternamente reclamado por el cyberpunk cinéfilo.... Por supuesto que en esta película hay un desfile de lugares comunes, inevitables quizá. La estética de la chica es, de hecho, el principal reclamo para el cartel.

Al periodista íntegro le llaman a un enclave aislado para resolver un crimen antiguo. Ya adivinamos que habrá bloqueos, obstáculos, etc, Y que habrá una reunión con los sospechosos donde le dirán que está molestando, le querrán matar, etc. Todo esto te lo ves venir porque, por suerte o por desgracia, ya te has visto un montón de pelis de crimen vergonzante y demás.

Lo novedoso es el empeño en crear un singular personaje atormentado, el de la delincuente/investigadora genial/joven problemática, que parece que habría necesitado una réplica un poquito más viva por parte masculina. Es demasiado correcta la interpretación del reportero, demasiado aséptica.

Sin embargo, lo pretenden compensar cargando las tintas en la sordidez de las vicisitudes por las que pasa la hacker. El resultado es un tanto agridulce.Cuanto más valiosa es la ayuda que presta al investigador, cuando mejor lo hace quedar por los datos que le aporta, más indecorosa resulta su presencia socialmente, más alienada parece la persona, como una suerte de condena de cierto tipo de eficacia.

El mensaje parece ser que si eres demasiado penetrante señalando la verdad, procura tener una imagen lo más presentable posible, intenta ser como aquellos a quienes podrías presentar a tu suegra, porque sino...

Y luego vendría la acostumbrada asociación de capacidades casi mitológicas a los hackers informáticos. Desde luego que pocos llegamos a ese nivel, quizá por eso mismo se nos hace difícil juzgar la verosimilitud de lo que consiguen. Siempre que realizan hazañas suelen ser como regalos al protagonista principal. En este caso, en esta relación tan desvaída de la pareja protagónica, el único mérito de el parece ser el de no pisarle ningún callo a ella, a este personaje parecido a un buscaminas, que nunca sabes cuando vas a molestarle.

Y sí, la trama y el misterio están correctamente hilados. Al no haberme leído la novela no puedo juzgar con más profundidad. Me da la impresión de que no se deja ningún cabo suelto...pero, un momento ¿No es inverosímil que en cierta escena grabada en cámara nadie reconozca a la hacker salvo el periodista? ¿solo porque lleva una peluca rubia?

No sé, será que los suecos son tan fríos y distantes...

Abracitos a todos.