lunes, 2 de febrero de 2009

De viajes al amor mecánico



Eduardo Punset. El viaje al amor.
Que está claro que somos pura biología y que yo soy uno de los que menos van a negarlo. Pero es que me he leido este libro del Eduardo Punset y estoy a punto de bajar a un mecánico a que me hagan la ITV , que parece más atinado que la revisión médica anual que hace mi empresa a sus esclavos productivos.

Punset no es mal divulgador, sobre todo cuando escribe. El librito es como un prontuario breve y claro de los diferentes caminos y efervescencias que ocurren en nuestros sesos cuando nos enamoramos, amamos, desengañamos y, por supuesto, copulamos. Me gusta saber del tema y me reconcilia conmigo mismo de epidermis para adentro, al proporcionarme algo parecido a la ilusión de conocerme y está escrito con la buena voluntad laica y progre de la divulgación estilo Muy y otras.

Aquí nos hace un resumen de charlas que tuvo con diversos investigadores en su programa redes, aquel que inducía el sueño cada vez que el amigo Eduardo se embarcaba con voz adormecedora en preguntas-monólogo de efecto soporífero, tanto en tí como en el entrevistado. Resultado de ello es un compendio de bioquimica y un poquitito, solo un poquitito, de cultura, con la intención de aclarar como nos amamos.

Se echa a faltar toda la abundante investigación sobre el poderoso efecto del medio ambiente en la expresión y activación de los genes. Algo hay sí, pero poquillo. Se abunda en exceso en las explicaciones al guión típico Chico busca Chica para reproducirse y Esta busca Amarrarlo. Con ello se dejan de lado las fantasías sexuales, el mundo del imaginario ¿lo conocerá el?, las sexualidades alternativas, las elaboraciones personales del instinto.

Pero paciencia, todo llegará. Ya se reconoce la desvinculación que hacemos entre el ñacañaca y la descendencia. Pero a Punset le pillará diseccionando algún anca de rana, seguro.

Un saludito bioquímico y determinista.

martes, 27 de enero de 2009

Australia y Disneylandia.

Los primeros seres humanos del género sapiens que pisaron Australia ya lo hicieron hace casi la friolera de cuarenta o cincuenta mil añitos, que se dice pronto, pero desde luego fue antes de Nicole Kidman.

Fue una de las migraciones de nuestra especie más antiguas de las que se tiene constancia, facilitada por unos menores niveles oceánicos que permitieron desplazamientos en embarcaciones sencillitas desde las islas cercanas y todo eso, consiguiendo poblar el territorio de unos extras de cine de lo más resultón.

Después de esto, los niveles del mar subían y bajaban como el termómetro, de tal manera que ello propició un aislamiento de lo más cojonudo y efectivo, una especie de éstasis en el que vivieron con ciertos mamíferos marsupiales, unos que traían una cestita maternal incluida en el diseño y que luego harían las delicias de colonos y espectadores con palomitas.
De hecho, se pasaron el 99 por ciento de su historia étnica y culturalmente solitos, viviendo su particular paradoja de Fermi, cosa que suele traer consecuencias nefastas, al menos aquí en nuestro mundo.

No es de extrañar, por tanto, que viendo saltar a los canguritos y especializándose en sensaciones olfativas, rastros, colinas y demás, no estuvieran preparados para la globalización victoriana que se les vendría encima con los "colonos" británicos. El entrecomillado es obligatorio porque eran en buena parte escoria presidiaria y carceleros ventajistas, que aterrizaron allí como predadores y que laminaron a la población local, dejando la justita para luego hacer pelis de buena conciencia como esta.

Como en toda producción con sacarina, donde los malos lo son sin medias tintas y el sexo es una
muslada apenas entrevista, los actores de las etnias segregadas representan a magos alienados que, en el colmo de la contradicción, ejercen de agentes colonizadores de lo más eficaz. Que sería del rebaño de ganado de la Kidman y el otro prota de cuyo nombre no quiero acordarme, si el niño nativo no fuera capaz de frenar una estampida masiva con solo ponerse de frente y mirar. Como en Cocodrilo Dundee pero a lo bestia...

Y si de pronto el desierto se muestra como lo que es, más seco que la mojama, pues con recurrir al abuelo del niñito, que hace radiestesia gratis, ya tienes agua de sobra, que la cultura donde nació este señor ya señalizó todos los acuíferos existentes, previendo las necesidades de los futuros colonos blancos.

Es decir, que basta que quieras al pequeño niño "café con leche", que lo quieras bien, para que tengas un pase de honor y quedes a salvo de todo peligro, con el continente convertido en un parque temático donde los nativos verán dentro de tu corazón puro y pondrán su sabiduría a tu servicio. Si encima eres Nicole Kidman solo habrás de echar paciencia con ese actor convencional y estereotipado que, a su debido tiempo, dejará de hacerse el duro y reconocerá que te ama.

Pero si en vez de ello solo eres el primo que pagó la butaca -si, otra vez yo, que lo mío es la penitencia fílmica- solo te queda la voluntad de reprimir la arcada tremens y que pasen pronto las casi tres horas.

Un saludete de canguro domesticado.

lunes, 19 de enero de 2009

Paisajes de la Pila.

Están por ahí, acumulando polvo e impaciencia: A barlovento de Banks. Del mismo también está El Algebraista; de Reynolds tengo el Abismo de la absolución; de Peter Hamilton, La estrella de Pandora; Orcos, de Stan Nicholls; El imperio final, de Brandon Sanderson, con lo puñetero que resulta el inicio de una tetralogía, cosa que ocurre con el de Hamilton, solo que en esta caso es menos grave, tan solo son dos. Y aunque la esperas para concluir las historias me saben a patada en los mismísimos, casi prefiero tenerlos todos juntos y zampármelos de golpe. Y se me quedan en el tintero, pero es que son muuchos...

Todos ellos prometen aunque a veces también te la meten. Algunos de ellos alcanzan precios sustanciosos. Casi todos están insertos en líneas narrativas más amplias que debes conocer para erigirte en Maestro del Contexto e Intérprete Supremo de las Alusiones. Todos soslayan la realidad cotidiana para meterte en algún mundo de Oz, con todo el entusiasmo y felicidad por tu parte. Algunos de ellos son crudamente tecnófilos o especulativos.

Cuando pienso que me los leeré me entra vértigo ocular. Ignoro si tendré bastantes píxeles visuales en mi córtex para ponerles color y relieve, así como espacio de memoria para personajes y situaciones. Y si las tramas no me superarán, ya sea por incompetencia mía o del narrador. Con el precio que tienen espero que no sea por lo último.

Ah, y también están dos clásicos que no había leido y he pillado de saldo: Alas nocturnas y El rebaño ciego, de Silverberg y Brunner, respectívamente, por aquello de mantener el contacto con los orígenes. Alguna de vampirillos, por aquello de la adicción al mordisquito

Por no mencionar los ensayos de ciencias, geopolíticas y demás hierbas ladrilleras. La cuestión es que no sé bien cual abordar por exceso de oferta, que mi casa ya parece la librería municipal.

Un saludín empalagado.

viernes, 16 de enero de 2009

Soñando en el Fevre

El Sueño del Fevre es un vapor típico de los ríos Missisipi, Missouri y demás. Si existiera y viajaras con un billete normal tendrías un viaje con no más problemas de los derivados de la calidad de tu camarote y de la infraestructura material de aquella época. Pero si el billete te lo proporciona George R.r. Martin las cosas se pueden complicar bastante.

Porque mira que a quien se le ocurre meter vampiros en un viaje tan largo, que ya es mala idea. Encima no solo están por el buque sino por todas las riberas de esos ríos caudalosos, por esa Nueva Orleans alumbrada por lámparas de gas, tan rococó, tan llena de esclavos y de una humanidad mixta, producto de apareamientos entre esclavistas, negros y mestizos en diversos grados.
Si tiene que haber vampiros tiene que ser ahí y no en Transilvania. Tiene que ser en esa ciudad edificada encima de manglares que siglo y pico más tarde de los acontecimientos narrados arrasará el Katrina. Porque son la miasma y el pantano, la ribera y los enormes y oscuros ríos lo propio del vampiro, en mayor medida que los Cárpatos y otros lugares con solera acreditada.

En esta ocasión vuelvo al mismo vicio irresponsable de siempre, escribir sobre un libro que todavía llevo a mitad y merecería por ello los castigos vampíricos que aplica Martin. Pero por eso le pongo el (1), porque volveré. Porque a pesar de haber pillado la edición de Acervo (cualquiera espera a Gigamesh sacándola en el 2020) con erratas que irritan, te das cuenta de que Martin en 1982 ya le daba la inspiración a la Anne Rice dichosa, a esa copiona de ambientaciones y estilos.
Espero que no defraude el manejo de la historia. Si consigo bajar del barco proseguiré. De momento hemos atracado ahí, en Nueva Orleans...

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Año nuevo con cacharritos.


Si dijera que estas fiestas son la apoteosis del consumismo y de las compras sería un lugar común. Para no caer en el lugar común voy a hacerlo en mi propio lugar particular: son la apoteosis de mi consumismo y de mis compras. La estimulación financiera combinada, producida por las pagas navideñas de mi mujer y la mía, nos ha conducido al frenesí y al desenfreno. Por fin caen la pantalla plana grande y el portátil, el sistema comercial nos la ha colado y me siento bien, supongo que debido al cese de la presión de las dopaminas, eso que dicen que ocurre cuando por fin cedes al impulso.

Hay un universo paralelo en donde mi mujer y yo nos contenemos y nos ahorramos el dinero (además de no tener que separarnos entre semana porque actualmente   trabaja en pueblos pequeñitos, a ver cuando aprueba las opos, ais)



 En ese sitio, cuando llega el verano disponemos de más euros para el viajecito al extranjero que nos mola. Pero como en esta realidad no ha sido así, el viaje se realizará pero pasando ciertos apretones en la vuelta de Septiembre. Es una profecía destinada a cumplirse, ya que pertenecemos al vasto club de personas que matarían antes de dejar de consumir todo lo que se pueda, asco de compulsión, leches.

Está por ver el nivel de felicidad que nos aportarán las compras antes mencionadas. El portátil, siempre que logre solucionar los problemas de conexión producidos por mis itinerancias ocasionales, no aumentará la calidad de estas entradas ni me volverá más sagaz en la búsqueda de información. Me restará tiempo de lectura libresca concentrada (si encima le quiero meter un Linux ni te cuento) y me volverá más adicto a la lectura nerviosa internetera, a golpe de titulares y pletórica de estímulos dispersantes. Pero me sentiré conectado, aunque sea una mentira grandísima, con la Inmensa Red de Gente que Cuenta Cosas.

La pantalla plana, por su parte, agrandará todavía más las gilipolleces televisivas, aunque lo compensará por la calidad con que degustaré las pelis. Me proporcionará sensaciones escapistas superiores a las de antes. Porque uno quiere estar siempre en todas partes menos aquí, claro.

Si hago balance, de tener a no tener prefiero obviamente tener aunque, la verdad, no se qué es lo que acaba teniendo a quien.

Feliz 2009 a nuestros cacharritos, porque ellos se lo merecen todo, je, je.

Y también a todos vosotros, compis, faltaría más.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Crepúsculo, vampiros presentables.

No verás un solo colmillo, tampoco llegas a ver un solo bocado al pescuezo y la familia vampira parece una asamblea de progres con dinero. " ¿Que te esperabas en mi casa? ¿Mazmorras? ¿Ataudes?" . Así le contesta el prota vampirín a la niña fascinada cuando la lleva a su chaletón posmoderno. Y la fascinación es imposible de evitar, claro, con todo eso de la atracción por lo prohibido y por el chico malo y tal y cual. ¿Malo? Je, je, este tipo no ha sido malo en su vida y los berrinches que pilla, más que los de un angel caído, parecen los de un niñato consentido.

Luego viene ella, claro. La ninfa atraída por los abismos es una adolescente sensibilita, que habla siempre por lo bajini, que ya es adulta antes de echar el primer polvo y que encima la doblan con una voz de las de siempre. Aaay, sí, es esa voz, la reconoceréis, apta para campañas de igualdad femenina y discriminaciones positivas. Tan sensata, tan asexuada y formalita como un vestido de primera comunión. Por tanto, no toda la culpa es de la interpretación de la actriz.
Es la hija de un poli que parece haber seguido un cursillo de comunicación asertiva, esa pijada de comunicar tus opiniones pero tranquilito y sin insultar. Así le ha salido la chica, afectadita de pose.

E inevitable y forzosamente, tanta contención interpretativa y sensibilidad forzada no pueden sino producir un dúo protagonista que de maldito tiene lo que el pastel de manzana . Además, con cuatro duros se consigue demostrar que es posible coquetear con el abismo vampírico y encima plantear las dudas en un foro o consultorio de Elena Francis. Ya me diréis, con ese no-muerto de pelo engominado que huye vade retro cuando la púber le abre las piernas. ¿Que mensaje nos quieren colar? ¿El de prevenir las ETs o el de la castidad que vuelve?. "Querida, Elena, mi novio es vampiro pero le teme al mete y saca, porque será?"...

Y lo de los cuatro duros que decía por ahí arriba es por la verguenza ajena que pasas cuando al niño vamp le da por subir por los árboles, juas, juas, es como una versión de matrix pero realizada con mi cámara digital baratita. Lo peor es que la historia se deja aposta inconclusa para que continue, es una serie y mi falta de instinto para elegir pelis empieza a acojonarme...

Un saludo sin colmillos ni na de na.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Aviones, marines y puntapiés.


Por Tierra, Mar y Aire. Robert Kaplan.

Marchando una de despliegues, contrainsurgencias y encierros embedded en submarinos y avioncitos. De la mano de un cronista patriota y con exuberante capacidad viajera y atravesando las conspiraciones geopolíticas de todo el mundo, siempre desde el punto de vista de quienes meriendan en todas ellas.

Pero a ver, alto: ¿Que diablos me importan a mí las andanzas de marines yanquis, pilotos y demás ralea vestida de romano moderno? No sé, si uno se lo pasa bien leyendo a YoMeLoGuisoYoMeLoCoMo Heinlein, Scalzi, Reynolds, Hamilton y otros, como no sentir curiosidad por conocer la fuente original, a la madre de todas esas historias que es quien les presta el carácter y los modos: el ejército americano, los gringos del copón. Además, que me pone lo geopolítico un poquillo.

Filtrando y obviando las justificaciones de Robert Kaplan acerca de las bondades del despliegue militar imperial, la verdad es que nos queda un relato de viajes de lo más entretenido y ameno, todo hay que decirlo.
Se mete dentro de un submarino nuclear y atraviesa el Pacífico. Aprendemos que los tripulantes del cacharro son una especie de geeks con tatuajes, pitagorines destacados con un pensamiento espacial en 3d que no veas, capaces de retener en mente posiciones, vectores y estrategias y que se apiñan en espacios reducidos durante semanas, rodeados de lucecitas y pantallas. Se las ven y se las desean para el marcaje de la Armada China, cada vez más numerosa y desvergonzada. En la Guerra Fría, eso sí, se metían en el patio trasero marino de la URSS como Pedro por su casa.

Los pilotos de la Navy son todo lo contrario, machos alfa que no paran de dar por saco a todo quisqui en el portaaviones hasta que por fin despegan y reina la paz. En las Fuerzas Especiales (tierra) reina la camaradería más democrática e informal, propia de grupos pequeños que se infiltran tras las líneas. Son los equivalentes a los Landa y Paco Martinez Soria, originarios de la América rural y casposa y provenientes de la endogamia familiar militar de la clase media.

Luego están los tipos finolis que manejan los B2, los avioncitos invisibles. Solamente hay veinte y son el arma más poderosa del imperio para intimidar a chinos, rusos, coreanos y estados canallas diversos. Pueden entrar y machacar casi impunemente lo que deseen y por el momento no tienen rival, salvo el precio, el que vuelan muy lento y que las cabinas apestan a metal, cabiendo dos pilotos con el culo bien apretado.

En Las Vegas, en casita, tienen unos búnkeres para jugar al War Games pero con daños colaterales y todo. Allí se maneja, a través de imágenes vía satélite en tiempo real, a los Predator, avioncitos sin humano a bordo, capaces de pasarse las horas vigilando una casa desde las alturas, tanto de noche como de día, para freír a quien salga de ella si es preciso. Vienen a paliar la falta de inteligencia humana sobre el terreno, hay que joderse, que es que el árabe no lo habla ni dios entre los hijos de Alabama y así les va. Les va mal, porque vigilar todo un país como Irak desde arriba no te dice nada acerca de las intenciones de quienes deambulan por debajo.

Es un libro fascistón y militarista pero con verguenza de serlo, con matices propios del sentido común de los hombres de acción, desconcertados por ese islamismo internetero capaz de esconderse y desaparecer. Recuerda a lo que ya hemos leído en otros lugares sobre la decadencia de los imperios, cuando estos no pueden pagarse el coste de la hegemonía.
El propio autor lo reconoce a la vista de la pujanza de los países asiáticos y de la imposibilidad de rivalizar en un futuro con las armadas india y china, cada vez con más presupuesto. Porque si solo fuera eso, pero ay, que también están la guerra mundial contra el terrorismo, la carísima presencia militar en Corea, en fin, que a mediados del XXI la espichan y se convertirán en uno más.

Un abrazo desde la sala de control.