lunes, 12 de mayo de 2008

Virtualis fraternitatis

Acabo de caer en la cuenta, hacía una burrada de tiempo que no escribía por aquí, aunque a veces sí que procuro participar en los blogs de algunos entrañables compis. Así pues, esta entrada ya comienza inspirada, ahora que caigo en la cuenta, por la necesidad de narrar algunas sensaciones cotidianas , exigencia que se impone a ese ente lector que tenemos como segunda personalidad el cual, ultimamente y al menos en mi caso, no encuentra su sitio en los días de agitación y problemas personales que estoy viviendo.

Se supone que, siendo devoradores culturales, nuestras aportaciones a la blogosfera debieran versar sobre el libro Tal, la película Cual, etc, vamos, un articulillo que, o bien ensalza y anima a su consumo, o bien lo pone por los suelos, todo por el Santo Desahogo del degustador literario.

Pero sucede que en los últimos tiempos no he leido nada que supere un mínimo listón, que provoque un cierto estremecimiento de mi alma o lo que sea que tenga por ahí. Mira que es mala suerte, con la Pila de pendientes desbocada y salvaje que tengo y no haber pillado nada que valga la pena, a ver si agarro por ahí algún ladrillo para darme en los dientes, coñe.

Por lo tanto, y al no poder ofrecer un comentario pretendidamente erudito, no tengo más remedio que aprovechar la oportunity para lamentar el hecho de nuestra separación física, ay, Carmela, el vacío espacial y físico que nos separa, más lamentable cuanta mayor es la afinidad constatable y existente entre nuestras respectivas inquietudes culturales y demás.

No, no estoy diciendo que pensemos lo mismo en todo ni mucho menos; ni que todos sepamos lo mismo sobre las mismas materias, ni que todas nuestras mutuas recomendaciones literarias y demás vayan a dar en la diana. Pero, ¿acaso me importa a mí, a estas alturas de la época post Cyberdark/Sedice, que el producto cultural X, recomendado con pasión por el/la blogoamig@ tal, haya salido rana? ¿Acaso no proyecta un matiz de diferenciación de lo más interesante, que nos habla de una sensibilidad cercana pero también muy diferente? ¿No nos acercan a veces más las diferencias que las coincidencias?

Pero nuestra impronta, la mía, las vuestras, solo se reflejan en pantallas llenas de grafos, en nics, porque no hay guapo que se salte el kilometraje que nos separa, ni que solucione esa Superconversación pendiente cara a cara que nos espera en el Gran Día de nuestra Kedada, je, je,

Menos mal que tenemos esto, que puede uno tener la suerte de leer a Knut, Instan, Errantus, Legna, Noala, Iarsang...son todos ellos el alma que le falta a esta pantalla de los cojones (sorry)...... El placer de leerlos compensa el vacío de la Internet y el hecho de no poderles dar un abrazo y verles la expresión, la mirada de los ojitos.

Sobre todo en este año duro y puñetero que llevo, en el que a veces pasan dos semanas sin ver a mi querida mujercita y la puta crisis económica de las hipotecas nos está arañando, provocándome un stress y un insomnio que no veas, a mí, que solía dormir como un tronco y ahora me veo convertido en una entidad hiperalerta y vigilante, que mira que habrá mucho que vigilar cuando estás en la cama, ja, ja. En fin, lamento este último desahogo pero la realidad a veces pega unas patadas y unas coces que no veas...

Un abrazo coceado a todos (de momento es lo que hay, ya mejorará.)

sábado, 29 de marzo de 2008

Rama, entrando en una capilla


No es buena cosa comentar un libro desde recuerdos añejos, como son los que yo poseo de Cita con Rama, de este Mr. Clarke que nos ha dejado sin poder viajar hasta la base Clavius en Aristarco, ni poder acariciar el hipercable que izaría uno de esos ascensores hiperbólicos y estratosféricos que gustaba de recomendar a quien le leía.

En Cita con Rama nos hizo entrar en una gigantesca capilla abandonada, con funcionalidades de macronave generacional contenedora de habitantes. Para Clarke, la tecnología muy desarrollada era como la magía, inspiradora de reverencia, y es con este sentimiento como procede a darnos entrada en ese gigantesco panteón abandonado, ese contenedor de prodigios alienígenas.

Si con Stanislaw Lem lo desconocido cósmico provocaba extrañeza profunda e incomunicación, con Clarke era todo lo contrario, infundía la reverencia por la magia en quienes ya tenían vocación previa de magos (o aprendices de brujo), esos descendientes nuestros que se aventuraban mas allá de la atmósfera. De hecho, la misma lejanía y majestad de esas civilizaciones tipo III que se van encontrando despierta esperanzas de una posible fusión-aunque sea espiritual-con las mismas.

Como era un optimista tecnológico trataba con mimo y realismo el despliegue tecnico humano. Una muestra de ese mimo es que los expedicionarios terrestres en Rama, una pandilla de boy scouts democráticos, optimistas y políticamente correctos, consiguen entender buena parte de lo que ven, aunque desde luego no todo, ciertamente, así como sobrevivir a la aventura.

Levantemos una lanza por el, venga, ya que si bien los personajes pueden ser olvidables, la inventiva desplegada con el vehículo Rama me hizo evadirme con gusto mientras la leía, disfrutando de esa ambición imaginativa , deambulando por un marco físico grandioso y epatante, tanto como esas primeras escenas, cuando entran a oscuras y vagabundean por dentro...

Era, desde luego, un progresista lineal incurable y un místico de la carrera espacial, porque el espacio astronautico y estelar era para el como un sustituto de Dios y lo religioso. Uno le sigue recordando con simpatía, algo menoscabada por todas esas secuelas que vinieron después, esos Venus prime, etc.

Bueno, ya es tarde y Rama es solo recuerdo, descansen en paz Clarke y sus concepciones. Un abrazo con escafandra para todos

miércoles, 12 de marzo de 2008

10.000 bc


Bajar a la city desde mi exilio temporal ofrece la posibilidad de contemplar películas tan maravillosamente prescindibles, olvidables, aparcables y relegables como la que me ocupa en estos momentos. Me creo que les pueda haber costado un pastón, pero resulta preocupante esta incapacidad, o falta de voluntad, para hacer que se note.

Todo comienza con una voz en off, una de las cinco o seis voces de siempre, que nos pone en antecedentes sobre la "...leyenda de la niña de ojos azules..." y nos promete que al acabar de narrar nos enteraremos de porque llegó a ser leyenda, cosa que para desgracia nuestra se cumple, reos como somos de la butaca y de la entrada que hemos pagado e incapaces de darle a la dichosa niñita lo que se merece.

El despliegue narrativo subsiguiente, que tiene como eje el esquema de chico encuentra chica, chica es secuestrada y chico la sigue hasta que la rescata, no tendría nada de malo en sí mismo, ya que puede ser filmado de manera muy decente y dar lugar a una aventurita digna y honesta y todo eso que se dice. Lo malo es que, ay, con Roland "Stargate" Emmerich hemos topado.

Y es que, era de esperar que el responsable de aquel bodriete infecto de serie C perpetrara toda una serie de atentados contra la inteligencia, dejando más daños colaterales que Bush en Irak. Debe de ser porque en las reuniones de los creativos de Hollywood intentan producir eso que llaman brainstorming, tormenta de ideas, que posiblemente esté muy alejado de la auténtica sinergia productiva. Generalmente se suele llevar el gato al agua el mandamás y así nos va, ya que el interés por el rigor y verosimilitud que demuestra tener es el mismo que la mosca del vinagre.

Porque resulta ser hombre de imágenes e ideas fijas. Otra vez hay un malo que, con el habitual toque magufo del Roland "...dicen que viene de las estrellas o de un continente hundido...", ale, toma del frasco y también, otra vez, manda construir una pirámide en medio del desierto a un montón de esclavos aunque aquí, y a diferencia de Stargate, les pone cerca de un río, a ver como beberían sino...
Y eso que se supone que hace 10.000 añitos aún "eramos", ejem, paleolíticos y las pirámides se hicieron mas tarde, saliendo ya del neolítico...

Para reforzar esta manía piramidal de Emerich, proveniente de la egiptología magufa más delirante, la fuerza de trabajo se ve ayudada por unos mamuts lanudos ¡¡¡ en pleno desierto !!!. Es muy gracioso lo de estos mamuts porque, por apariencia y por los tirones repentinos al moverse, recuerdan bastante a los de Ice age, la Edad del hielo, je, je, por no hablar del dientes de sable que ya parece directamente trasplantado de allí, con esos saltitos repentinos de polichinela.

Otra barrabasada es la presencia de unas aves gigantescas mu malas que persiguen a los buenos y que en realidad existieron hace catorce millones de años, en pleno Terciario, pero ¿para que dejar que este pequeño detalle nos estropee la historia? Total, solo se trata de pollos grandotes, furiosos por haber sido resucitados en el paleolítico y tener que perseguir a un actor mediocre que, por cierto y como era de esperar, resulta ser el Elegido de siempre, todo según la habitual profecía coñazo de costumbre.
Es, en fin, una orgía de lo anacrónico-contextual, propia de un Juan josé Benitez o un Von Daniken.

Y sí, ciertamente nos enteramos de porque se gestó la leyenda de la niña de los ojos azules, detalle que no cuento por las ligeras arcadas que me dan y por no desvelar el final de la, ejem, historia o lo que sea.

El misterio, la auténtica leyenda, es la de la desaparición de las neuronas perdidas durante el visionado de esta peli. No se, noto que mi espesor mental es mayor que antes de verla y esto aumentará seguramente cuando me vaya otra vez a mi enclave rural habitual...

Bueno, un abrazo espesillo para todos.

lunes, 3 de marzo de 2008

La maldición del tiempo


Además del tiempo cosmológico que nos contiene habitamos un tiempo personal que nos condiciona. Bueno, no es tanto el tiempo como la estructura organizativa del mismo en función de los quehaceres cotidianos, esa lacra, esa pesadilla, ese invento de algún castrado para el hedonismo, de esos que asesinaron al homo ludens y elevaron al homo faber.

Por culpa de los quehaceres dichosos debo estar exiliado de mi ciudad, mi vida social, mi ordenata, los cines, las compras compulsivas, el ruido de los coches, las minifaldas, etc, durante cinco días a la semana, en un enclave rural boscoso que se asemeja a una zona desmilitarizada y clasificada dentro de un expediente X. Habitarla me está produciendo un agobio semejante al de la convivencia forzada en los programas de telerrealidad, me siento como el Jack Nicholson de El Resplandor, con impulsos homicidas larvados hacia los semejantes rústicos que me rodean.

El fin de semana, cuando llega, se convierte en un quiero y no puedo, en mil historias para concluir sin poder. Menos mal que todo esto solo durará hasta junio, cuando espero poder volver a la apacible mediocridad de mi vida urbanita, donde reinan las zapatillas de estar por casa y la molicie más atroz e improductiva. Bueno, cuando regreso del curro, je, je

En algún momento se decidió, por lo del tiempo ese y a raíz de las necesidades litúrgicas de los monasterios del norte de Europa, para saber la hora del rito y tal, el desarrollar relojes mecánicos eficaces, ya que en invierno los de agua se congelaban. Así pues, en el siglo XIII nacieron los relojes mecánicos de pesas.

El maldito invento de las narices se expandió como las pestes de esos siglos y pronto obreros textiles y diversos gremios regulaban sus ciclos por medios externos y ajenos a ellos.

Los industrialistas agudizaron todavía más el asunto. Cambiaron la percepción individual del tiempo mismo. Antiguamente, el trabajo se definía por la naturaleza de la tarea y las fases estacionales de la producción establecían el ritmo vital, alternando periodos de intensa labor y otros de ocio, pero ahora en las fábricas, el trabajo era sólo cuestión de cuantas horas se empleaban en el y cuantas unidades se producían. Un predicador metodista de la época señalaba:

"...me he dado cuenta de que la maquinaria induce el uso del cálculo en las gentes..."
Je, angelito mío, lástima no le metieran el metodismo ese por donde nunca sale el sol, en fin...

Pues eso, se impusieron las tarjetas y registros de puntualidad, así como cronómetros, vigilantes y multas por retraso; el reloj de la fábrica solía estar encerrado de forma que nadie pudiera alterarlo.
En 1770, un defensor de este sistema cabroncete, William Temple, partidario a lo que se ve del sadismo social arriba-abajo, afirmó que los niños pobres debían ser enviados a los cuatro años a ciertos talleres ocupacionales, donde recibirían dos horas de clase y que debieran estar ocupados por lo menos doce horas diarias:

"...porque así, cuando crezcan, estarán acostumbrados a la ocupación y productividad continuas..."

A finales del siglo XIX, los efectos de este golpe de estado temporal y ocupacional habían configurado un mundo nuevo, un valiente mundo feliz. La vida de los trabajadores estaba ahora dividida en intérvalos ordenados ya que era necesario adaptarse a las máquinas. Y son estas las ganadoras o, al menos, el espíritu mecanicista y mecanizante.



De todos estos detalles habla un fascinante libro, Del hacha al Chip, que pese al título no tiene nada de canto triunfalista sobre del progreso y sí, mas bien, de balance de pérdidas y ganancias, de hallazgos pero también de despedidas irrevocables. Y el simio de la portada es encantador.

Mi ganancia personal, en este caso, sería mi capacidad de gastar para consumir, de hecho, antes de dejar de consumir alguno que otro quizá hasta mataría, todo por no salir del trance de la compra continua y de certificar que estás a la moda. Sobre este trance, este estado de consciencia que llevamos puesto los urbanícolas modernos, que consumimos no solo objetos sino también sensaciones y autoimágenes siempre cambiantes, habla Zygmunt Bauman en La Sociedad líquida, otro ensayo de los que hacen que te desangeles. Eso sí, como buen consumidor líquido al acabarlo puedes aparcar la desazón y seguir como antes.

Como llevo a cuestas la condena del escaso tiempo libre, las entradas de este blog son tan exiguas como el agua en nuestros pantanos, y se me ponen los dientes largos cuando leo el material y las participaciones de los amiguetes blogosféricos. Intentaré no perder la comba. Un superabrazo perezoso y nada productivo a todos.

pd: pensaba citar El derecho a la pereza, pero no recuerdo el autor, en este pueblo estoy perdiendo la memoria...

viernes, 1 de febrero de 2008

Festín de cuervos, la omnipotencia y la herencia.

El dios narrativo llamado Martin reina en Westeros, mundo que contiene a Poniente y los Siete Reinos , de forma absolutamente despiadada para esos títeres que son los personajes suyos. No hay ninguno de ellos que goce de sus simpatías a la hora de conservar su vida, su posición social, su integridad física o mental, su persona amada o su hacienda.


A través de cada uno de ellos despliega el sadismo imaginativo sin límites del que suele hacer uso, convirtiendo el Juego de Tronos en la profesión para la que ninguna aseguradora contrataría jamás póliza alguna. Le gusta desplegar de forma colorida la terrorífica jungla medieval y meter en ella a sus criaturas.

Son todas ellas de alta alcurnia, pertenecen a las castas y familias nobles y se agrupan en clanes al igual que los primates selváticos. Señores banderizos en torno a un señor que a su vez es vasallo de algún otro, etc. Si bien el autor no se anda con pamplinas a la hora de darles estopa, también es cierto que solo los nobles pueden protagonizar, solo ellos pueden encarnar la gesta y la acción y tener un mundo interior. En este medievo fantástico, ellos son la especie evolucionada. Hasta los bastardos de reyes portan un no se qué especial, que se pone de relieve cuando los describe.

No es precisamente una invención suya, ya la edad media real de Occidente funcionaba con esos mimbres, a pesar de que en el resto de la población se constituyeron, por separado, poderosas fuerzas de cambio histórico que terminaron por arrinconar, en buena medida, al imperio de los apellidos y los blasones. Este, no obstante, parece atraer notablemente a los escritores de la, oficialmente, sociedad yanqui sin nobles.

Martin busca, en general, el estremecimiento, y recurre a toda la hemoglobina que considera necesaria. Castiga a los que buscan la rectitud, como a Ned Stark, a padecer miopía y falta de astucia galopantes, pero a los extremadamente amorales también les pone cáscaras de plátano. A los que buscan planificar los rodea de aleatoriedad maligna y caótica y a los que símplemente deambulan les hace caer el cielo encima.

Enemigo de la tranquilidad y partidario de la taquicardia propone, en mi opinión, una narrativa de folletín honesto, que deja siempre la acción colgada de manera abrupta para que la retomes con ganas, cosa que acostumbra a conseguir.
En Festín, no obstante, se le aprecian síntomas de cansancio con algunos personajes, a los que a veces hace protagonizar algunos anticlímax de lo más gratuito y a los que después, como un dios olímpico enfadado por haberse aburrido, elimina a su manera brutal, si será bestia el joio...

Esta entrega, quizá por ser la mitad de lo que se pensaba en principio, supone un cierto impasse en la acción, al faltar parte de los personajes motores originales, que parece ser que podremos seguir en Danzando con dragones, la siguiente entrega de aristócratas homicidas que nos propone.

martes, 15 de enero de 2008

Soy leyenda. Traicionando al vampiro.

El príncipe de Bel Air, Will Smith, decía que Soy leyenda (el film) era del agrado de Richard Matheson, cosa que le enorgullecía. Si yo fuera el autor, dado el cinismo materialista que inunda mi espíritu, seguro que también me comportaría como un estómago agradecido para con quien me compra los derechos y me endosa un jugoso cheque. Probablemente haya cobrado más por derechos cinematográficos, de esta y anteriores adaptaciones, que por los ejemplares que le han comprado los lectores, los cuales serán notablemente inferiores en número a los espectadores de sala.

Vamos, que la decepción lectora con la plasmación en imágenes probáblemente se la traiga bastante floja.


Si es leyenda como médico entre humanos en vez de como monstruo para los propios vampiros , ello constituye una interesantísima inversión estética y argumental que nos enriquece a los que ya la hemos leido. Nos aleja de la posibilidad, ambigua y torturante, de que nuestra naturaleza humana pueda ser percibida como maligna. Contribuye a tranquilizar la conciencia el que los "vampiros" sean criaturas medio esbozadas en falsa piel, altamente parecidas a mutantes aulladores con alopecia masiva.

Mira que los vampiros tradicionales eran atormentadores porque, por más satánicos y maléficos que fueran, siempre seguían siendo plenamente reconocibles como los humanos que habían sido y, como un espejo siniestro, nos advertían de esa cercanía desagradable. Cuidado, porque no somos tan lejanos, somos capaces de hablar (no farfullar como en SL ) de pasar desapercibidos entre vosotros e, incluso, seduciros. Estos engendros de la peli atraen tanto como un cactus.


domingo, 6 de enero de 2008

Príncipe de Nada, el Buda despiadado.



Feliz año a todos los queridos amig@s que me leían, je, je, porque ya hacía semanitas que este vórtice de tal solo tenía el nombre. Una recomendación leida a un amigo me puso tras la pista de la muy chula trilogía de Scott Baker, un doctorado en Filosofía que escribe epopeyas con una fluidez y culturilla envidiables, muy de agradecer en tiempos pedestres y vacunos.

El príncipe de la nada, Kelhus, es un personaje encarnado por una especie de monje/neurólogo avant la lettre y maquiavelo de la manipulación psicológica. Este sujeto, educado en una cofradía ultrasecreta, emprende una peregrinación para Matar al Padre y transformarse el mismo en el Padre (de todos) que aquél nunca fue. La emprende en compañía de una reencarnación literaria del Conan de Howard, aunque aquí se llama Cnaiur y posee unas facultades de autoanálisis insólitas e insospechadas en un guerrero de las estepas. Es este una inteligencia en estado bruto, acompañada de testosterona superlativa aunque matizada por la introspección.

Es debido a estas facultades como logra mantenerse a salvo de las capacidades de manipulación de su compañero de viaje, capaz de alterar la percepción de la realidad y la epistemología de todo el que se cruza en su camino, tan solo con palabras basadas, eso sí, en una mirada analítica de la precisión de un rayo láser y que utiliza el conocimiento más absoluto del lenguaje facial, corporal, etc.

Para obtenerlo, primero debió de conocerse el mismo de la manera más absoluta, al estilo búdico-meditativo quizá, percibiendo la interminable madeja de pensamientos sin centro que nos define, así como el autoengaño continuo en que vivimos. Lástima que de la mano de esta lucidez no llegaran también la compasión y la caridad precísamente...

En ese mundo ficticio y medievalista, en el que resulta inusitada toda introspección seria y concienzuda, toda ciencia humana y antropología racionalmente orientadas, así como todo análisis deconstructivo acerca de mitos culturales y demás, la presencia de Kelhus actúa como un cuchillo humano que penetra toda mente cercana.

Frente a esta luminaria que ofusca más que alumbra, se contrapone la figura del bárbaro guerrero dotado de concentración en el propósito, capaz de gritarle vade retro a todas horas y que mantendrá algunos duelos psicológicos auténticamente escalofriantes con este alterador de realidades subjetivas, este practicante de la Mirada Total sobre el Otro.

Todo ello en el mundo ficticio de Earwa, una recreación de la época de las cruzadas aunque, claro está, en una geografía exótica y dotado con frescura propia y peculiar, así como con extraterrestres, magia curiosa, historia caudalosa y unos cuantos personajes con sus monólogos profundos y alambicados, sus complejidades psicológicas y culebrones adrenalínicos.

Quizá, cabe reprocharle cierto apresuramiento en concluir la trama, básicamente en el tercer volumen. Confío que lo solvente en los siguientes, ya que las espadas continuan en alto.

Podría ser que esa inconclusión narrativa fuera debida precísamente a su interés por continuar con cuatro obras más, por lo que sé. Que vuestro bolsillo lo permita y si no, que vuestro ego de lector voraz os lo demande. Un saludín de espada, brujería y encantamiento.